Surgimos en el mundo súbitamente. Nacemos en un punto
espaciotemporal del proceso histórico donde nos preceden cantidad de sucesos
que, en un principio, desconocemos. Si queremos entender las circunstancias en
la que nos ha tocado vivir, tenemos por delante la costosa y difícil tarea de
reproducir en nuestra mente el desarrollo del pensamiento hasta el momento
presente. Es nuestra obligación echar la mirada atrás y desplegar la evolución
del conocimiento, sus causas y pensadores, tejiendo el plano fundamental de la
ascendencia de nuestras incógnitas. No obstante, es importante remarcar que antes
de llegar al punto de consciencia necesario para plantearse este rescate, antes
de que se nos plantee esta pesquisa de la procedencia de la actualidad, pasamos
por una etapa de ingenua indiferencia, la niñez, en la que absorbemos la
descendencia o producto de lo que buscamos rememorar, es decir, que primero
conocemos la realidad en la que vivimos y posteriormente nos planteamos el por
qué es así, o dicho de otra forma, primero sabemos lo que se sabe y luego
entendemos cómo se ha llegado a saber.
Ahora me propongo dar cuenta de las pérdidas que supone que nuestro
descubrimiento sobre el mundo se dé de esta forma. En primer lugar me gustaría
diferenciar dos tipos de experiencias, a saber, las experiencias científicas o
que comportan un saber concreto y objetivo sobre la realidad y las experiencias
sensoriales o estéticas que interrelacionan el sujeto con el entorno. Así como
las primeras ofrecen un conocimiento estricto las segundas nos proporcionan una
impresión interpretativa. Las llamo experiencias científicas porque es en este
campo donde se manifiesta su utilidad. La interpretación de los modelos
científicos ha de corresponder con el estatus actual para que se afirme su
validez. Un ejemplo de experiencia científica podría ser cualquier expresión
numérica de la realidad “Hacen 28 grados en este momento” o ley vigente que
rige el paradigma científico “La ley de la conservación de la masa”.
Al ser dos tipos de experiencias distintas también lo son las formas en las que
nuestro ser las manifiesta, siendo la experiencia científica transmitida y la
experiencia estética expresada. La primera es transmitida en el sentido de no
tener relevancia interpretativa, excluye a su autor, siendo una mera
transferencia de conceptos sistemáticos donde no se altera el resultado del
conocimiento con su síntesis. Por otra parte, la experiencia estética es
canalizada por la persona en una expresión en la que se imprime parte de su
ser, intrínseco al momento en el que vive. Las dos experiencias se pueden materializar en objetos,
científicos o artísticos, que pueden traspasar la vida de su autor, incluso su
tiempo. Y en esa transición es donde ambas experiencias sufren una pérdida
retrospectiva en común pero diferente para cada ámbito.
Empezaré explicando cuál es la pérdida de la transmisión científica. Los
descubrimientos científicos suponen un cambio radical tanto en el paradigma
mental como en el pragmático. Lo descubierto modifica las bases del pensamiento
y de la civilización, manifestándose en ideas o en formas de vida
respectivamente. Causas de la revelación de nuevos conocimientos hay muchas y
diversas pero, en cualquier caso, el hallazgo de lo nuevo es el inicio del
desconocimiento de lo antiguo y esto supone la imposibilidad de comprender la
revolución de lo nuevo para quien no lo vive como algo nuevo. Esta pérdida se
cristaliza en el ámbito científico de forma pedagógica, a saber, si ya vivimos
en el resultado del avance científico, no nos nace querer descubrir el proceso
por no sernos en absoluto necesario. Encontramos un cúmulo de saberes que no
nos son menester por no haberles antecedido la necesidad de ellos en nosotros.
Este es uno de los problemas con los que lidia la educación, el de querer embutir
unos saberes a personas a las que no se les ha creado la necesidad de saberlos.
Esta pérdida se puede entender como un fallo metodológico y no como una
carencia vital.
Por otro lado nos quedan las pérdidas de la expresión estética, en cuyo caso sí
que logro atisbar una pérdida irrecuperable, justamente por la imposibilidad de
la transmisión exacta, abocada a la interpretación. El arte es el campo en el
que se manifiestan estas expresiones, pero a diferencia de la ciencia, estas
aún no han encontrado su lenguaje teórico. La teoría científica se transmite
con palabras, pero las palabras no pueden expresar teóricamente el arte.
Precisamente el arte que se hace valer de las palabras rebasa la utilidad de
estas para formarlo. Es por eso que creo que la poesía puede expresar mejor el
contenido de una obra plástica que un discurso teórico, por coincidir en el
mismo tipo de experiencia.
La obra artística es la manifestación de una experiencia
concebida al margen de la lógica del lenguaje racional. Una escisión que el
autor hace de sí mismo y que representa la sensación que él tiene de su mundo. La
tarea que se propone es la de revivir la totalidad de un momento pasado desde
el presente, y eso supone mirar con nuestros ojos algo que (estos) no pueden
abarcar. Nuestra perspectiva está educada y adecuada a las condiciones que nos
acontecen, que difícilmente coincidirán con las del momento que queremos resucitar
en nuestra impresión. De la misma forma que no se vería con los mismos ojos a
los de ahora un arma de fuego si la trasladásemos a la antigua Grecia, nos es
imposible contemplar el sol con los mismos ojos con los que ellos lo hacían.
Hay quien dedica toda su vida al estudio de una civilización pasada.
Ciertamente su comprensión sobre dicha civilización recreará en su
entendimiento una especie de aproximación a la intelección de aquel tiempo y
será capaz de establecer parámetros de percepción de su cultura aceptables, pero
en ningún caso podrá sentir o reproducir en sí lo que un sujeto de aquella
civilización sentía cuando se expresaba en un objeto material aunque este se
haya conservado hasta nuestro tiempo.
En resumen, podemos saber cómo antes se vivía pero en ningún caso saber cómo
era vivir así. De forma que la interpretación de las expresiones en épocas
anteriores queda resignada al apego que podamos establecer entre ambas
secciones de tiempo. Sin embargo, y aquí creo que viene lo más interesante, el
vacío que existe entre el que se expresa y quién recibe una impresión es el
vientre donde nace la novedad estética. Esa misma distancia interpretativa es
la que impulsa el surgimiento de nuevas formas de ver la obra, y de estas
nuevas formas se derivan la creación de nuevas obras. La historia nos ha
demostrado cómo el progreso se queda estancado cuando la interpretación es
unívoca y unidireccional. El concepto de artes no es extrínseco a nosotros, es
por eso que el progreso artístico surge de la interpretación propia del
proceso, por ser quién interpreta (tú mismo) el producto de una nueva visión de
un mundo nuevo.
“El cerebro no es algo que llenar,
sino una chispa que encender” Plutarco.