miércoles, 30 de octubre de 2013

Whisky, gloria y éxtasis

Me gusta cuando borracha apareces por la puerta sinuosa, tus ojos hipnotizan los míos con mirada sedienta, tu cuerpo también me lo pide. Las telas, que son el escondite de la belleza, saben que no tienen función en esta escena y se deslizan por tu cuerpo, te acercas. Coges mi botella de whisky y lo viertes en tu boca, pero no lo tragas, lo dejas caer de tal forma que tu cuerpo se convierte en una fuente de gozo. Yo, que soy único espectador de lo que muchos pagarían millones por ver, bebo donde de bebe bebía leche, y como entonces, sabe a gloria.
,
La gloria huele a mis dedos bañados en ti, sabe a tu boca, se ve en tus ojos cuando te sonrojas y suena como una de tus exhalaciones estremecidas. 
Te conviertes en mi obra de arte, mis manos te manejan, leen tu cuerpo y tus estímulos, crean más belleza en lo bello, calientan lo ardiente y humedecen lo mojado.

Los dos queremos ser uno, formar parte del otro. Juntando nuestros cuerpos el placer se vuelve tangible, me invade y no sé distinguir entre él y tú. Físicamente la fusión es imposible, pero, sintiendo lo mismo, formamos un mismo ente que olvida nuestra identidad y que solo entiende de éxtasis. Éxtasis que te atrapa y te hace regresar asiduamente a su morada, como si de la más fuerte droga se tratara.
Sting - Angel Eyes

martes, 29 de octubre de 2013

Introspección de quien no quiere más

Ando eternamente sumergido en la exploración hacia lo que me compone, me indago buscando parámetros lógicos de mi conducta pero no encajo en un paradigma sostenible, contradicciones, diseñado para el deseo pero nada me apetece.
Lo apetecible ya quedó enterrado bajo toneladas de fracaso, y todo por no saber quien soy.
En ocasiones me busco pero acabo escondido, me miro pero no veo nada y acabo acurrucado y tembloroso, vulnerable, como siempre, por no saber nada.

Bajo al sótano de mi soledad y dejo de ser yo para ser todo el mundo.
Lo concreto me abandona y me invade la abstracción, si cabe, ya que no soy cuerpo.
Soy el éter.
Pero la puerta por la que entre sigue siendo puerta y golpean por el otro lado.
Me quiero esconder, ya no quiero volver, pero PUM PUM PUM los sentimientos vuelven a aporrear y aquí abajo no hay materia donde esconderse.
La puerta chorrea sangre, mi corazón se ha fundido con ella dando golpes.

viernes, 25 de octubre de 2013

Destructores de nuestra creación


Hoy te escribo para hablarte de perversión, de envilecimiento, de corrupción… En definitiva, del veneno que segregamos por cada poro.     
  Mi escrito no tiene carácter depresivo, sino de atención, de cautela con el avance. Dar cuenta que la forma de aplicación de nuestros conocimientos a la realidad es clave para la subsistencia y que nuestra creación ha de tener un valor no menos positivo que lo  natural.

  No es difícil atisbarse de la neutralidad de lo concebible. Lo que  uno puede concebir a priori no es juzgable, sino su aplicación experimental, es decir, lo calificable no es el concepto sino su uso. Un ejemplo te ayudará a entenderme: Utilizaremos el concepto “dinero” (Cualquier otro es válido). El dinero, en su neutralidad, es una herramienta necesaria de intercambio, puesto que establece una referencia común en el precio. Sin embargo, el ser humano ha pervertido el concepto y su uso hasta límites insospechados. Con cualquier otro concepto ocurre lo mismo, pruébalo ateniéndote siempre a extraer todo pensamiento a posteriori.

  En resumidas cuentas; nuestro interés pudre la razón. Las ideas cobran forma con la capacidad de creación, pero el ser humano solo hace alarde de su capacidad de destrucción o creación destructiva. En 1938 se descubre la fisión nuclear, fenómeno generador de gran cantidad de energía capaz de desvincularnos de los combustibles fósiles si se estudia controlar la reacción nuclear, en cambio, su primera aplicación práctica fue la bomba atómica en 1945. No son pocas las razones para clasificar nuestra especie de “virus".    Tenemos la capacidad de crear vida y parece que nuestro objetivo principal es destruirla. 
A fin de cuentas, ¿Qué somos sino creadores de nuestra destrucción?