Hoy te escribo para hablarte de perversión, de envilecimiento, de corrupción… En definitiva, del veneno que segregamos por cada poro.
Mi escrito no tiene carácter depresivo, sino de atención, de cautela con el avance. Dar cuenta que la forma de aplicación de nuestros conocimientos a la realidad es clave para la subsistencia y que nuestra creación ha de tener un valor no menos positivo que lo natural.
No es difícil atisbarse de la neutralidad de lo concebible. Lo que uno puede concebir a priori no es juzgable, sino su aplicación experimental, es decir, lo calificable no es el concepto sino su uso. Un ejemplo te ayudará a entenderme: Utilizaremos el concepto “dinero” (Cualquier otro es válido). El dinero, en su neutralidad, es una herramienta necesaria de intercambio, puesto que establece una referencia común en el precio. Sin embargo, el ser humano ha pervertido el concepto y su uso hasta límites insospechados. Con cualquier otro concepto ocurre lo mismo, pruébalo ateniéndote siempre a extraer todo pensamiento a posteriori.
En resumidas cuentas; nuestro interés pudre la razón. Las ideas cobran forma con la capacidad de creación, pero el ser humano solo hace alarde de su capacidad de destrucción o creación destructiva. En 1938 se descubre la fisión nuclear, fenómeno generador de gran cantidad de energía capaz de desvincularnos de los combustibles fósiles si se estudia controlar la reacción nuclear, en cambio, su primera aplicación práctica fue la bomba atómica en 1945. No son pocas las razones para clasificar nuestra especie de “virus". Tenemos la capacidad de crear vida y parece que nuestro objetivo principal es destruirla.
A fin de cuentas, ¿Qué somos sino creadores de nuestra destrucción?
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