miércoles, 30 de octubre de 2013

Whisky, gloria y éxtasis

Me gusta cuando borracha apareces por la puerta sinuosa, tus ojos hipnotizan los míos con mirada sedienta, tu cuerpo también me lo pide. Las telas, que son el escondite de la belleza, saben que no tienen función en esta escena y se deslizan por tu cuerpo, te acercas. Coges mi botella de whisky y lo viertes en tu boca, pero no lo tragas, lo dejas caer de tal forma que tu cuerpo se convierte en una fuente de gozo. Yo, que soy único espectador de lo que muchos pagarían millones por ver, bebo donde de bebe bebía leche, y como entonces, sabe a gloria.
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La gloria huele a mis dedos bañados en ti, sabe a tu boca, se ve en tus ojos cuando te sonrojas y suena como una de tus exhalaciones estremecidas. 
Te conviertes en mi obra de arte, mis manos te manejan, leen tu cuerpo y tus estímulos, crean más belleza en lo bello, calientan lo ardiente y humedecen lo mojado.

Los dos queremos ser uno, formar parte del otro. Juntando nuestros cuerpos el placer se vuelve tangible, me invade y no sé distinguir entre él y tú. Físicamente la fusión es imposible, pero, sintiendo lo mismo, formamos un mismo ente que olvida nuestra identidad y que solo entiende de éxtasis. Éxtasis que te atrapa y te hace regresar asiduamente a su morada, como si de la más fuerte droga se tratara.
Sting - Angel Eyes

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